Respirando Azul Clarito

Otoño en Otago

El otoño me sienta bien. El otoño a Nueva Zelanda también le queda bien. Otoño y la provincia de Otago se llevan aún mejor. Ahora, si digo otoño y Queenstown, pienso que son almas gemelas destinadas a hacer el amor una vez por año durante tres meses.

El otoño tiene empatía con casi todos los lugares en realidad. Ya de por si mirar las hojas secarse y caer es un acto natural que merece apreciación. Así como verlas renacer luego de frías heladas en primavera.

Otoño en Wakatipu

Buenos Aires teñida de otoño me llena de amor el pecho. Algunos pensarán que es triste, que es nostálgico, que no tiene color, que es aburrido, que los deprime, que quieren sol porque las hojas crujientes en el piso no combinan con la birra fría en el balcón.

El otoño huele rico. Huele a leña quemada en una salamandra. Huele a café recién hecho y tostadas de pan casero. Huele a melancolía y nostalgia. Huele a que el invierno está golpeando la puerta del vecino, y en breve, seremos nosotros sus anfitriones.

La palabra otoño me lleva a soñar con una habitación dentro de una cálida casa, una biblioteca ocupando toda la pared desbordando de libros, la taza de café humeante junto a ese cómodo sillón, la luz del sol tibio entrando por la ventana y sacando destellos en todo. Hay un hogar a leña, infaltable, con unos tronquitos chisporroteando.

Esa es mi versión ideal del transcurrir en otoño.Cherries

Picos nevados

The Remarkables con sus piquitos nevados y yo.

A Queenstown esta estación le queda pintada. El verano le asentaba bien, la llenaba de luz hasta pasada las once de la noche cuando recién el sol se despedía sin prisa. La playita de rocas y agua helada explotaba de gente, de música, de risas, de juegos.

Pero mirar la montaña y ver que el bosque de pinos que la recubre –todos candidatos a ocupar el lugar de arbolito navideño el próximo Diciembre– pasa por toda la gama de los ocres me hace asegurar que el otoño es el vestido que mejor lleva. Imagino que cuando esos mismos pinos estén teñidos de blanco voy a decir que esa es la pintura que más bonita la hace, pero hoy elijo al señor otoño.Arrowntown pintado

En mi vida había visto hojas tan hermosas como las que hay acá. Y menos que menos había sentido esas ganas tan grandes de juntarlas, secarlas y guardarlas en mi cuaderno. Es como si todas estuvieran esperando que pase caminando, distraída, que mire el suelo y las elija para pasear conmigo por la vida. 

Algunas las junto pensando en que se las voy a obsequiar a alguien a mi regreso o que se las puedo mandar por correo, otras para pegarlas en alguna página de mis crónicas de vida, otras porque son lindas y me piden a gritos no ser una hoja más en el cemento.

Las hay super grandes, con muchas puntas, con formas difíciles de explicar geométricamente. Las hay pequeñas, vibrantes, con forma de árbol, o de corazón, o de hoja simplemente.

Las hay marrones, ese marrón otoño tan conocido por todos. Las hay verde musgo con tinte amarillento. Las hay amarillas por completo. Las hay moradas, como un espeso malbec, algunas casi rozando el negro.

Las hay bordó, y estas son mis favoritas. Todo el pantone bordó lo encontré acá.

Desde ese bordó sangre, oscuro y profundo, a uno más rosado, como prendido fuego, casi naranja, pero sin perder su impronta madre.

La señorita hoja

Rojo verde

Pero lo que más me gusta de todo esto, es la combinación de todos estos colores juntos.

Mirás a lo lejos y ves el verde espeso del bosque, contrastado con un pino rebelde que dijo “si” al otoño y mutó sus colores, y que, de paso, contagió al amigo pino de al lado que no quiso ser menos, le bajó la intensidad a su clorofila, y quedó pintado con colores estridentes y llamativos para que cualquiera que se anime a levantar la vista un poco del teléfono, lo pueda apreciar.

Miro el bosque que hay de fondo y veo un cuadro pintado por mi abuela Neber. Ella pinta desde siempre y cada día más hermoso.

El cuadro que está en su casa –en la pieza donde están mis pocas posiciones en Buenos Aires–, tiene un bosque exactamente igual al que estoy observando mientras escribo esto. Tiene un lago cristalino que hace reflejo de la montaña y las nubes. Tiene un tronco que descansa sobre la orilla, igual a los troncos que se encuentran sobre el lago Wakatipu. Tiene un cielo azul clarito –de esos que tanto me gustan– con nubes blancas dándole movimiento. Y tiene montañas cubiertas de pinos, en una gama verde y marrón ocre, idéntica a la que cubre este lugar hoy.

Abuela, visitaste este lugar sin saberlo. ¿Será que ya sabías que iba a venir acá y lo iba a ver con mis ojos? 

La pintura de la Pacha

The gold nugget

Ayer mientras caminaba por Arrowntown –un pueblito minero muy cerquita de Queenstown– durante el Autumm Festival justamente, no paraba de pensar en esa pintura, en la causalidad de las cosas, de esa pintura hecha por esas manos que amo y de este pedazo de tierra fruto de la naturaleza, de la Pachamama. De las similitudes de acá y de allá. Así como las diferencias, pero que más allá de ellas, las hojas mutan de color y se caen por igual.

Atardecer en Arrowntown

Hace unos días me volví catadora de atardeceres. Es una profesión que me inventé para hacerla bien mía y apreciar más el momento presente.

Ahora, además, me dedico a ser coleccionista de hojas otoñales, en especial de esas bordó profundo, con formas de mil lunas y contornos estelares.

T.

2 pensamientos sobre “Otoño en Otago

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