Respirando Azul Clarito

Camino a Glenorchy

Hace dos semanas se dio que todas estábamos teníamos franco y decidimos irnos de paseo a Glenorchy. Cuando digo todas me refiero a las pibas con las que vivo o paso los días.

Por esas circunstancias raras de la vida estoy en Nueva Zelanda acompañada de dos chicas que conocí en Mt Buller, en Australia. Ese lugar al que tanto amé como odié. 

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Después de un sábado de juerga, nos despertamos destruidas pero el plan seguía en pie. Nos lavamos la cara, abrigamos un poco porque estaba la fresca y salimos de road trip.

El road trip es tan simple como un viaje en ruta, pasa que tiene más onda decirlo en inglés, hay que reconocerlo. 

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Así fue que encaramos las cuatro para Glenorchy, un pueblito que queda a unos 45 km de Queenstown, en tiempo sería casi una hora en auto. Está ubicado en la parte norte del Lago Wakatipu, el lago más largo de Nueva Zelanda.

Glenorchy es una ciudad famosa por haber servido de escenario en algunas películas, una de ellas es El Señor de los Anillos vio. 

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Es un pueblito muy pequeño, con un par de cafés, un hotel, algunos locales de souvenirs, y lo más importante, vistas increíbles. Tiene algunos tracks –caminos o senderos– para recorrer, uno de ellos está entre los más famosos del mundo.

Nueva Zelanda es EL lugar para hacer tracks, están por todos y a través de ellos es que llegás a los mejores paisajes.

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Acá yo reviviendo la niñez.

Tengo que decir que vale la pena ir a Glenorchy, no por el pueblo en si, sino más bien por el camino. La ruta desde Queenstown hasta Glenorchy va costeando el lago Wakatipu hasta último momento, y en cada subida suspirás cuando llegás a la cima. Nos daban ganas de parar cada dos minutos, de hecho lo hicimos unas cuantas veces para tomar la famosa jumping foto (foto saltando) con distintos paisajes.

En el camino íbamos escuchando canciones bolicheras del momento, cantando como desaforadas, mientras nos tomábamos unos matecitos que Romi cebaba.

Me encantan los road trips, me gustaron desde siempre. Desde que íbamos a la Costa Atlántica con mi familia los veranos, desde que marchábamos a La Pampa a visitar familiares, desde que viajábamos durante dos días con mi papá y hermanos para llegar a la bella Bariloche.

 

Estar en un coche, el paisaje corriendo como si  rodara una película, música de fondo con canciones elegidas especialmente  para esa ocasión, la compañía, un mate transitando, risas cómplices, charlas profundas y filosóficas sobre el vivir. La ruta da para todo, momentos felices lleno de carcajadas, llantos sanadores y adeudados, nuevos comienzos y puntos finales a cosas que ya no van.

Cuando llegamos a Glenorchy estábamos cagadas de hambre, así que fuimos directo a atacar un café. La oferta era escasa y cara –hola si, acá otra mula backpacker–, así que me pedí un chai latte con un tostado de jamón y queso, al que le terminé sacando el jamón porque no era muy agradable que digamos.

Con la panza llena corazón contento salimos a caminar y nos fuimos al muelle. El día estaba nublado y frío, rogábamos que estuviera nevando en las alturas, pero no. En un pico parecía que si, pero para mi que era el reflejo de la luz a través de las nubes.

Este fue el otoño más cálido que se vivió en Nueva Zelanda en 30 años. ¿Global warming, te suena? 

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Mientras nos sacábamos unas fotos, un señor de origen asiático –muy predecible– se puso detrás nuestro a sacarse fotitos, por eso este personaje aparece en un 90 por ciento de las fotos que tenemos todas juntas. Buscando a Wally un poroto al lado de este señor.

Horas más tarde agarramos una ruta llamada Paradise Road, que si nos guiábamos por su nombre prometía algo bueno. 

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Hicimos el camino al paraíso. Campos lleno de ovejitas, escoltados por montañas recubiertas de bosques. Árboles de los colores más hermosos que este otoño nos puede dar. Ruta de ripio que te hace ir lento para abrir los ojotes aún más. Y la jumping foto volvió a estar presente, of course.

Finalmente retomamos hacia casita, embobadas y extasiadas de tanta belleza natural, con los ojos cansados de querer absorber cada detalle, de fotografiar con ellos cada momento para que quede guardado en el disco rígido interno para siempre.

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Abrazos otoñales,

T.

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